Colectivo Digital Creativo

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Inhabitantes

In Cuentos on 09/08/2010 at 20:48

Por Chuck.

Eran como las tres de la tarde cuando Raúl había tocado la puerta, abrí e inmediatamente observé con agrado la risa de borracho que mostraba todos los días. Muy pocos días lo vi sobrio por lo que siempre consideré que el alcohol en su sangre ya formaba una parte de su personalidad. No habían pasado unos segundos después de saludarlo cuando un par de tipos vestidos de negro y lentes oscuros bajaron de un auto casualmente del mismo color. Los dos judiciales nos revisaron con desgana pero con la misma prepotencia de costumbre, nos pidieron nuestras identificaciones y al no tener IFE, mostré mi credencial de estudiante de la UNAM. Nos revisaron las bolsas y me apretaron los huevos, ¿Traen mota?,  No jefe, nada.  Después de este incidente nos dirigimos a la casa de Raúl que se encontraba a siete calles para  ver un video en VHS de Nirvana. Al tratar de atravesar la avenida Andrés Molina se nos cruzó un auto, no recuerdo el color, pero seguro era oscuro (igual que su repetido atuendo) y los tipos que nos sometieron de nueva cuenta fanfarronearon sacando sus escuadras. Nos empujaron a la puerta del auto y nos abrieron las piernas con fuertes golpes en los pies; comenzaron a revisarnos. Nos acaban de revisar “compa”. ¿Quién te dijo que hablaras pendejito? Sacaron mi raquítica cartera, vieron mi identificación y me apretaron de nuevo los huevos; otro judas revisaba a Raúl; se detuvo unos segundos en su pie izquierdo. ¿Es metal? Sí, respondió. El judas no conforme alzó su pantalón de gabardina y observó la prótesis que llevaba como pie. Después de  revisarnos nos dirigimos de nueva cuenta a su casa y vimos el vídeo en silencio. No hice ningún comentario al respecto en ese momento y nunca lo hice. Un par de años más tarde mi hermana me comentó que esa prótesis en su pie fue el resultado de una falsa pisada al tratar de subir uno de tantos trenes de carga, los mismos trenes  que frecuentábamos de niños y en los que en sus vías colocábamos monedas, piedras y ranas muertas; en los mismos en los que nos subíamos toda la pandilla de chamacos mugrosos a jugar y a aventar el cemento y maíz que transportaba, para después ir a llenarnos de lodo a un panteón cercano. Hasta entonces comprendí que todo lo que formaba parte de esa normalidad: accidentes, gente atropellada, calles de pandilleros armados y drogados, borrachos tirados por doquier, bolsas de droga incrustadas en las juntas de las paredes, balazos a cualquier hora del día, operativos policíacos y gran parte de la violencia familiar que caracteriza a las zonas marginadas de la zona oriente, no debería de haber formado parte de nuestra vida en esa época, ni de ninguna otra, pero en ese entonces la disfrutábamos y tuvimos que aprender a vivirla, es por esto último que muchos seguimos vivos.