Colectivo Digital Creativo

ESPAÑECÍA (¿UN CUENTO SOBRE FÚTBOL?)

In Cuentos on 05/01/2012 at 12:33

UN CUENTO DE JAVIER JABATO

‘La patria es el último refugio de los canallas’

(Coronel Dax, Senderos de Gloria)

La noticia de que España iba a jugar la final del mundial de fútbol de Sudáfrica le pilló en Galicia, demasiado lejos de su casa o de cualquier otro lugar que pudiera llegar a considerar como seguro. A su mente embobada vinieron las imágenes de otro verano, aún reciente, en el que las banderas, colgadas de los balcones, se acartonaron bajo tórridos soles. Después, más tranquilo, aprovechando las horas muertas de una noche gallega con meiga incluída, pensó en cómo ese jueguecito de mierda se había convertido, efectivamente, en el opio o en las anfetas o en el metanol del pueblo.

Decidió que no podía quedarse, entendió que para poder ver el partido debía esconderse, como la basura lumpen que exactamente era, y pensó automáticamente en ir a casa de sus amigos Mingo y Pelo, en Sevilla. Allí estaría seguro, allí él podría ser verdaderamente él durante el trance. Subió al autobús que recorría toda esa patria ancestral, La Coruña, Lugo, Ponferrada, Zamora, Salamanca, Béjar, Cáceres, Badajoz, Zafra, y tras catorce horas se bajó en la Estación de Plaza de Armas. Se encaminó hacia casa de sus amigos sin dilación. Era un día nuevo y amanecía. Si España estaba de fiesta, él estaba de luto y viceversa. No se han de justificar aquí las razones de su ciego y rateril antipatriotismo. Déjemoslo ahí. Digamos tan sólo que hubiese odiado igual a Lituania o a Botswana: la patria como vertedero emocional, la patria como excusa, la patria como llanto, la patria por la patria. La patria como último refugio de los canallas. O de los cobardes, o de los inocuos. O de los despabilados y los oportunistas y los perversos; la patria como una risotada, como un mal sueño, la patria merendada por los unos y por los otros, por los que ganaron la partida en aquellos días de fraticidios y por los que vinieron después con la ecuación carnet=trabajo. Se la habían robado y él lo agradecía. Lo habían convertido en un apátrida pájaro de alas plateadas, en el primer niño desnudo, en el último Adán, un hombre tierno y violento y bellamente mortal y nunca más un ciudanano. Dejémoslo ahí. No conocía, pues, límite su cainismo y hubiese apoyado a cualquier rival de turno. Así era. Hubiese apoyado a Lituania o a Botswana o a la Confederación Exoplanetaria de Urano, pero ésta vez le había tocado en suerte la progresista y siempre fértil Holanda, selección que aunque no era evidentemente aquella brillante Naranja Mecánica de los primeros setenta que practicase el llamado fútbol total, sí es cierto que había avalado su comparecencia en la final eliminando en las fases previas a Brasil, vigente campeona. Comenzó el lance y desde el principio se hizo patente que la Naranja no tenía su día y que se negaba tercamente a jugar a la pelota; dan patadas y puñetazos y sólo aciertan a destruir el juego de España de una forma cada vez más expeditiva. Y España se va calentando, va olvidando sus campesinos complejos, su mediterránea humildad, que se noten los cojones, hostia, la bravura, la turgencia ibérica, la fiereza de este pueblo inmemorial, ¡que se eleve a los altares a Ricardo Zamora!, ¡que Marcelino se conjure en los cielos!… España empuja, merece marcar y marca con justicia, y él no podrá olvidar nunca la mirada que cruzó con Mingo, una mirada que medía el espacio, el espanto, que los separaba… El país hervía y se alegraban los conductores de autobús, los pijos, las putas, los funcionarios, los inmigrantes, los catalanes, los ricos, los tullidos, los gitanos, los enanos, los perroflautas de calle Elvira, los amantes, los presos, los niños, los sindicalistas, las abuelas, los desatascadores de letrinas, las monjas de reclusión, los guiris afincados en Mallorca, los estudiantes de izquierda mantenidos por sus padres, los parados, los poetas, las parturientas, los satánicos, los pequeños comerciantes, los que hacían pajas por cinco euros, los enlutados, los antaño manifestantes. Se alegraban los soldados destinados en el Líbano y se alegraba al completo el gremio de hostelería. Se alegraban los perros y se alegraban los gatos, se alegraba el crucifijo en la pared y la muñeca Wendolín encima de la tele. Risas desubicadas correteaban por los pasillos del valle de los Caídos, retumbaban tambores en Covadonga, salmos en El Escorial y en el Alcázar de Toledo; extrañas luminiscencias y formas telúricas se elevaban de los sarcófagos de los Reyes Católicos en la Capilla Real de Gran_Nada. Y se acercaba el final del partido y Holanda no empataba. Se contaban los pasos al cadalso. Todo por el balón, despiste masivo, venerada mierda. Larga vida al balompié. El árbitro pitaba el final, las dos o tres Españas o las diecisiete unían sus gritos en un jubileo que se pudo escuchar hasta en Laponia. Se olvidaban, se perdonaban los repetidos golpes de quijada. Los gañanes del grabado de Goya elevaban las piernas del fango, abandonaban sus garrotes que eran la Historia y se abrazaban. La soledad que sentía era total. Concluía definitivamente la guerra civil.

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