Colectivo Digital Creativo

Nebulosa Letal

In A fondo on 16/06/2011 at 08:34

Grumor´alth, el guerrero del alma negra, posaba al fin sus tres toneladas y media sobre la hosca superficie de Orineon Tyk. Quedó maravillado con el paisaje desértico y rocoso del planeta, y sobre todo, con su moribunda vegetación: bosques de negros ramajes carentes de pétalos y matorrales secos que decoraban el entorno. El denso aire de su atmósfera arañaba sus sistemas respiratorios, provocándole un gratificante malestar que avivaba su endémico sentimiento de odio y destrucción. Llevaba milenios luchando al servicio del emperador de la galaxia, Nebulosa Letal. Sólo Orineon Tyk se resistía al yugo del emperador Arsenius. El legendario guerrero llegaba al inmenso planeta como comandante en jefe del grueso y majestuoso ejército del imperio infecto. Era el mayor despliegue de tropas jamás realizado. Sabía que esa sería su última batalla. El final de miles de millones de escaramuzas y de brutales incursiones llegaba con la conquista absoluta de Nebulosa Letal.

Nunca pensó en ese momento como el final digno y glorioso con el que cualquier ser de las profundidades exteriores soñaría. Temía que al llegar ese instante, su curtida mente espectral, con la que mantenía una increíble simbiosis desde tiempos remotos, le jugara una mala pasada y terminase abriéndole una brecha en su ilícita alma, que acabara fulminándolo. Aunque, al llegar al magnánimo planeta, su sentimiento fue por mucho, diferente al que imaginaba. Estaba prendado de su funesto entorno, fascinado con el matiz sombrío y gélido de Orineon Tyk. “Al consumarse la mayor batalla de todas las edades constelares, la superficie de este pútrido mundo quedará plagada de cuerpos sin vida, arrasada por el combate, y repleto de chatarra disfuncional. Será un lugar precioso y digno entonces”, se revelaba a sí mismo mientras paseaba su malévola mirada en derredor, escudriñando el perfil abovedado del extraordinario planeta.

 Las majestuosas naves interestelares, de manufactura humana, descargaban tropas, avanzados drones, y máquinas de guerra a una velocidad extraordinaria. Grumor´alth admitía, a duras penas, que la tecnología de esos pequeños y deleznables seres compuestos de carbono había sido crucial para la conquista de la galaxia. Aunque ese hecho no cambiaba la repugnancia que le causaban. Encontraba paradójico que, una raza proveniente de un pequeño sistema solar de la galaxia Vía Láctea, poseyese una tecnología tan avanzada y tuviese la capacidad de construir las brutales naves con las que viajaban por el cosmos a una velocidad inimaginable. Aunque se solía recordar a sí mismo que no debían ser tan inteligentes como aparentaban, cuando habían tenido que escapar de su agonizante planeta al que llamaban Tierra, y esparcirse en colonias como gusanos de rolunas; buscando cualquier hueco donde introducirse y prosperar alimentándose de los desechos que les ofrecieran a cambio de sus servicios. Él estaba convencido de que el orgullo de esos seres se debía a un gran complejo de inferioridad causado por su ruinosa constitución.

En tanto que se organizaba el brutal caos de maquinaria de destrucción, tropas y demás, el guerrero del alma negra hizo trabajar sus sentidos extrasensoriales, y concibió una valoración aproximada de los riesgos que entrañaba aquella incursión. En principio le pareció una situación un tanto preocupante, pues cientos de billones de los pútridos seres que plagaban Orineon Tyk, formaban hordas por todos los puntos del inmenso mundo para hacerles frente en batalla. Pero, el egoísta y ambicioso espectro cósmico que residía en el seno del guerrero como parásito ineludible, comenzó a bosquejar un plan que le producía un espantoso éxtasis, e inyectaba en su oscuro y viscoso riego vital una perversión que contaminaba, aun más, su prodigiosa envergadura.
Pasaba a grandes zancadas entre selvas de Mega-Jumpers de exterminio y maravillosos drones de asalto, provocando a su paso temblores en el terreno. Se dirigía a la estructura base, con intención de reunirse urgentemente con los subordinados que tenía bajo su mando, y exponerles el inminente cambio de estrategia.

La envergadura de la estructura base equivalía al tamaño de una ciudad mediana de Gran Titán, el planeta de los colosos. Fueron éstos quiénes la diseñaron y era notorio, no por su tamaño, pues los humanos superaban cualquier construcción realizada por mera arrogancia, si no por su burdo diseño. La enorme puerta de ónix se dividió en dos hojas que se separaron juntamente para dejar paso al imponente Grumor´alth. Al llegar a la sala central, voló al gran altar dispuesto en el centro de la mega estructura, y su capa elaborada con cráneos entretejidos de las más prominentes razas a las que él mismo había exterminado, repicaba al surcar el denso aire. Escrutó durante un momento los rostros de sus temerosos subordinados. Disfrutando desde su aventajada posición.

– El enemigo es muy numeroso -expuso al fin el guerrero con su atronadora y autoritaria voz -. Debemos actuar con rapidez sobre los focos, y no darles opción a que se agrupen masivamente.
– No creo que sea muy acertado cambiar de táctica, señor – comentó desde la multitud un minúsculo coronel humano de infantería cyborg, que levantó murmullos entre la descomunal congregación.
– Calla y cumple mi voluntad insignificante ser.- “No tardarás mucho en morir”, pensó el comandante en jefe, impaciente -. Haré un recuento total, y organizaremos tantas tropas como hordas de pútridos localice. Fulminaremos cada foco independientemente.
– ¿Dividir el ejército? – habló esta vez un coronel titánico de colosos magnéticos -. Eso es un suicidio.
Esas fueron sus últimas palabras. Redujo a polvo al coronel con tan solo apretar el puño. Una muestra de su increíble poder que provocó un silencio sepulcral en la prominente sala de reuniones.
Los apoteósicos escuadrones se dividían y alineaban según las reglas tácticas impuestas. Mientras tanto, la temida mente espectral de Grumor´alth trabajaba vertiginosamente para darle forma a su malévolo propósito. Antes de nada quiso valorar en persona el poder y la ferocidad del enemigo, así que se transportó instantáneamente hasta unas de las miles de millones de hordas que se agrupaban alrededor del gran planeta. ¿Qué mejor forma de afirmar sus conjeturas, que aniquilando algunos cientos de esas asquerosas bestias alienígenas?
Irrumpió en una de las madrigueras de pútridos como una tormenta estelar. Destrozaba sus repugnantes cuerpos y los reducía a una materia gelatinosa y maloliente. Todo cambió, cuando los supuestamente irracionales seres, comenzaron a apoyarse, actuando, consciente y organizadamente, en un feroz afán por frenar a su brutal y pendenciero enemigo. Quedó fascinado por el coraje y el inexistente temor de los nauseabundos moradores de Orineon Tyk. Le lanzaban una materia corrosiva y adherente desde un enorme grupo que se formaba vertiginosamente en semicírculo detrás de la primera línea, a la que también se unían ágiles catervas de pútridos, y que expulsaban fétidos tapices gaseosos, que al alcanzarlo, lo envolvían nublándole la visión y distorsionando sus sobrenaturales sentidos. Su soberbio inquilino trabajaba a toda velocidad, regenerando tejidos y adaptando el cuerpo del guerrero a la vil materia y vapores mortíferos. Grumor´alth gritaba y reía de puro éxtasis, embriagado por el combate. Desmembraba a ciegas a millares de los reptantes alienígenas entre devastadores abrazos y materializando minas de energía oscura en el interior de sus destartaladas fisionomías. Al recobrar sus facultades, abandonó el desenfrenado contraataque, pero no sin antes hacer desaparecer la madriguera bajo una potente explosión.
Posó su enorme envergadura sobre la cima de una montaña, absorbió tanto aire pernicioso como pudo, y expiró satisfecho. “Estos pútridos son más peligrosos de lo que pensaba”, se decía alegremente, “la infantería perecerá bajo sus inmundas armas. Sólo atacándolos desde las alturas se les puede vencer”, comenzó a reír despiadadamente, “¿Igualdad de fuerzas? Yo me ocuparé de inclinar la balanza”. Su figura volvió a desaparecer entre un silbido metálico.
Grumor´alth se encontraba exhausto, agotado por la sobrenatural tarea en la que había empleado tanto tiempo como el que tardaba Orineon Tyk en dar una vuelta completa sobre su eje. Una interminable jornada en la que utilizó la mayor parte de sus extraordinarios poderes oscuros. Abrió tantos portales como divisiones formaron, y por ende, tantas divisiones como hordas de pútridos fueron recontadas por su prodigiosa mente. Dado que el planeta era tan solo un treinta por ciento inferior que la estrella cual sustentaba ese gran sistema solar, se tuvo que emplear a fondo para poder conseguir colocar, por medio de portales dimensionales, a las miles de millones de tropas cerca de las madrigueras.
Al guerrero del alma negra no le dio siquiera tiempo a recuperar todo su increíble potencial, cuando llegaron las primeras noticias de alarma. Algunas de las hordas pútridas comenzaban a lanzar ataques contra las fuerzas del imperio, destrozando así los pronósticos y planteamientos determinados. Y eso no podía permitirlo el legendario Grumor´alth, y mucho menos su temida mente espectral, que detestaba que le robasen protagonismo y que presidieran cualquier acontecimiento sin su aprobación.
Aparecía y desaparecía entre los ejércitos del imperio como un fantasma errante, y en cada una de sus fugaces apariciones arrasaba con líneas enteras de pútridos. Los vapores nocivos que lanzaban, comenzaron a serle de gran utilidad, pues ya su organismo se había adaptado en cierta forma a las repulsivas armas alienígenas, y aprovechaba para pasar desapercibido y así comenzar a moldear su bien planeada y digna ofrenda.
Los fénix de combate surcaban el viciado aire de la atmósfera de Orineon Tyk lanzando ataques y exterminando a millares de enemigos a su paso. Parecían invulnerables. Dominaban la batalla desde las alturas y escapaban grácilmente a los terribles ataques, cuales destrozaban los avanzados sistemas de los ejércitos de tierra, quedando así condenados a un espeluznante final. Solo los fénix dronianos, aeronaves de plasma humanas, surcadores titánicos, ciclones pronianos… y demás prodigiosas maquinas voladoras, podrían entregar otra gran victoria al imperio infecto. Tarea imposible, claro estaba, de no ser por el apoyo de su poderoso comandante en jefe. Pero esta vez no lo conseguirían, y precisamente de eso se encargaría personalmente. “Esta vez no. No venceréis ni conmigo ni sin mí”. Se decía a sí mismo con la determinación de un gran depredador ante un suculento bocado.
Surgía de entre los brumosos vapores, seccionando las naves del imperio, hendiendo frenético sus implacables garras, que le emergían de las extremidades como espolones. Los aterrorizados pilotos apenas tenían tiempo de reaccionar, ni alarmar de la preocupante revelación de su sistémico comandante antes de perecer desmembrados entre morralla metálica. Viajaba vertiginosamente de foco en foco, provocando desastres tanto en las líneas alienígenas como en las imperiales. Disfrutaba seccionando cuerpos y máquinas: el roce de sus garras entre la masa ósea de los cuerpos que atravesaba, el crujir de los cráneos bajo la presión de sus formidables extremidades, el tacto de polvorientos colosos demolidos… Era un loco maníaco que parecía actuar por impulsos irracionales. Pero, aunque sí que estuviese disfrutando con aquella orgía, todo formaba parte de un despiadado propósito.
En una de sus apariciones se encontró con una gran sorpresa, un giro inesperado en los acontecimientos que amenazaba con desbaratar sus planes. Le acechaban por tierra y aire. En tanto que los pútridos reptantes lo incapacitaban momentáneamente con sus glutinosas masas corrosivas, las divisiones aéreas lanzaban potentes ataques contra él. Se unían desesperados con intención de acabar con aquel atroz guerrero de ennegrecida alma.
La formidable compacidad de Grumor´alth perdía volumen rápidamente. La degeneración de sus tejidos sobrepasaba a su capacidad regenerativa. Desaparecía impotente ante la situación, con intención de escapar de los fulminantes ataques. Pero sus sentidos estaban desfigurados y su mente espectral se veía limitada. No podía visualizar ninguna zona segura donde reaparecer, solo viajaba por los espacios dimensionales memorizados durante la batalla. Y, cada vez que se materializaba, lo hacía entre millones de hordas y escuadrones ávidos de venganza. Le bombardeaban sin compasión. El miedo convirtió a sus atacantes en unos peligrosísimos enemigos que se entregaban al destino empleando toda su voluntad.
Lo tenían casi fulminado. Apareciera donde apareciera, lo recibirían con ataques masivos. Parecía que había llegado el final del milenario guerrero. Entonces, viéndose acabado, decidió quemar su último cartucho. Protegió su preciada mente con un tercio del decadente potencial de que disponía debido a la brutal degeneración causada por las incesantes acometidas, recordó a su confinada aliada lo mucho que dependían el uno del otro, e hizo estallar sus desdichados restos con una apoteósica descarga de poder extraterrenal. La potente onda expansiva expulsó a la prodigiosa mente de la zona arrasada. Entretanto, la inmemorial masa espectral no perdía tiempo y emulaba el consistente organismo cual la había sustentado durante milenios. Tras quemar casi la totalidad de su energía, logró clonar de nuevo a su inclemente guardián. Era un hervidero de animadversión e ira.
– La verdad es que te quedaba muy bien esa capa querido Grum- escuchó el guerrero a la seductora voz en su interior.
– Y me costó siglos confeccionarla- respondió enfurecido.
– Milenios, diría yo… Piensas elaborar otra, ¿verdad?
– Por supuesto que sí, pero nunca será como la que he perdido – dijo esta vez con parsimonia.
– Pues deléitate con las entrañas de los que han osado subestimarte – y se oyó un silbido metálico.
El gran planeta vibraba bajo explosiones de inmensas proporciones y océanos de fuego cubrían transitoriamente amplias zonas de su superficie. Descargaba toda su furia contra los imprudentes y atrevidos seres, que aguardaban impotentes perecer entre olas de energía.
Sólo unos cientos de millares de los desgraciados organismos que se encontraban en Orineon Tyk lograron sobrevivir al terrible ajuste de cuentas. Quedó arrasado y el terreno presentaba nuevas estribaciones y grietas que, al parecer de Grumor´alth, encajaban maravillosamente con el ya mortecino entorno que mostraba el planeta, antes de que él contribuyera a propinarle el gustoso toque que lo convertía en un soberbio lugar donde vivir.
– Disfruta de mi ofrenda, amada, oscura, y espectral mente vitalicia del cosmos… Quedan suficientes cuerpos con vida en este mundo, como para honrarte con sacrificios durante mucho tiempo. Espero disfrutar de este lugar y que no tengas objeción en que así sea – le soltó, agotado, a su omnipotente aliada.
– Por supuesto mi querido Grum – respondió la irresistible voz -. Pero… recordarás qué tuvimos que hacer para evitar vivir a la sombra de nada ¿verdad?
Rumió la consulta tan solo un momento.
– Eliminamos a los pocos parientes que me quedaban. Los últimos de mi casta. Para así lograr hacernos con la hegemonía de mundos y galaxias- contestó como un amante sumiso.
– Entonces, comprenderás que no podemos dejar cabos sueltos si queremos disfrutar de nuestros logros y estancia sin interrupción en este mundo.
Al guerrero se le tensaron todos los repliegues de su compacta complexión, y se le dibujó un severo rictus en sus prodigiosas facciones.
– Arsenius, ha llegado tu hora- dijo con frialdad.
Volvió a desaparecer dejando atrás tan solo un silbido metálico.

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