Colectivo Digital Creativo

Huellas de carne y hueso

In Cine, Fotogramas, micro Críticas on 15/06/2011 at 06:27

“Admiro al hombre que permanece fiel a su conciencia, cualquier cosa que ésta le inspire”

Luis Buñuel

Algunas películas se comportan como esos interruptores que apagan el flujo, despertando nuestras conciencias e interrumpiendo el movimiento alucinado del tubo de imagen. Entonces el director aprieta el botón y cumple con su función de creador de historias, enredándonos en la madeja de ficción y realidad, dándole voz a personajes inadvertidos, arrastrando, como buen remolcador, la falsedad hacia el precipicio.

El olvido, (Heddy Honigmann, 2008) confronta por un lado el testimonio de personajes reales que viven alrededor del Palacio de Gobierno peruano y, por el otro, imágenes de archivo de los últimos presidentes del Perú. La cinta es una trinchera sobre la memoria fugaz, un soplo sobre el polvo en los ojos de un país donde la corrupción se ha impuesto como un sistema de poder inalterable, mientras el pueblo, que otorga al fin, cae en la certidumbre de que ninguno de los mandatarios podrá devolverles la dignidad.

Heddy Honigmann, peruana afincada en Holanda, se reconoce en el cine que tira del relato documental a través del testimonio. Sus 26 películas y muchos festivales avalan una dilatada experiencia en el campo de la no ficción. La memoria, el exilio, la supervivencia y la melancolía son temas acotados hasta el paroxismo, pero siempre desde una ternura especial, depurada e intimista. Heddy es una realizadora mayúscula, prácticamente desconocida en el Perú hasta que El olvido la trajo de regreso a Lima y consiguió despertar la admiración de la crítica especializada. Después llegarían a la ciudad gris varias retrospectivas de su obra y un buen puñado de reseñas.

La evocación del Perú comienza en 1992 con Metal y melancolía. Heddy Honigmann muestra la clase social que tiene más cerca, la clase media, mostrándonos su deterioro sin hablar explícitamente del estrangulamiento social e irresponsable de los políticos. A través de una estética pulida en lo fundamental, el argumento desarrolla la supervivencia feroz de un grupo humano que no se doblega ante la adversidad de un contexto mísero y desesperado. Los vendedores ambulantes, el desorden callejero, los autos desvencijados y los propios taxistas, taciturnos e ingeniosos pero también retraídos, transmiten un gesto de esperanza que trasciende la melancolía. Pintorescos relatos, como el antológico taxista que explica las ventajas de tener un auto destartalado para evitar que se lo roben. O el tipo que sobrevive junto a su carro gracias a una canción que le permite revivir el amor que tuvo con una italiana que se fue. Son, en definitiva, relatos que llevan las emociones de una parte a otra de la ciudad.

Retrato de uno de los taxistas que aparece en Metal y melancolía (1992)

Honigmann da mucha importancia al trabajo de research, a la  investigación previa, de tal forma que se percibe de inmediato la empatía de los personajes con el espectador, los instantes poéticos, la sensación de estar ante un personaje real que desea aportar algo más que un comentario. La directora evita la entrevista, prefiere el diálogo y la conversación, utilizando con maestría la  naturalidad del directo. Camareros, vendedores ambulantes, malabaristas del semáforo o niños limpiabotas. Todos los personajes representan a los olvidados por una clase política detestable y perpetuada en el Perú, pero que simboliza a toda Latinoamérica. Aunque juran por Dios, la patria, la bandera y hasta por la papa, son una mafia insaciable, una máscara violenta construida con el amparo de la desmemoria. El pueblo solo cuenta en época de elecciones o si cae algún terremoto, qué les importa el equilibrismo para llegar a fin de mes o los trabajadores que cruzan la ciudad en un micro atestado a cambio de un mendrugo.

Tanto en Metal y melancolía como en El olvido, los testimonios se recogen de manera horizontal, acumulándose en la retina del espectador, facilitando que la intensidad y el drama de la película surjan de manera imperceptible. Un trabajo minucioso, de búsqueda, donde si se sabe lo que se busca, pocas veces se encuentra sin sorpresa. Y es que según Heddy Honigmann, en el documental, a fin de cuentas, se concentran todas las ventanas, sólo es necesario dejarlas siempre abiertas para que el viento entre y traiga ideas. El documental como puesta en escena de la realidad, como poesía instantánea, como metáfora y catarsis, memoria y vestigio.

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