Colectivo Digital Creativo

La precisión de un cirujano de guerra

In Fotografía, micro Críticas on 22/03/2011 at 05:24

“Hace frío sin ti, pero se vive”

Roque Dalton

Alababa Hegel las bondades de la guerra y su extraordinario poder en materia moral y otros menesteres de la convivencia entre los seres humanos. Y, efectivamente, la historia, más negra que el betún, nos muestra a través de múltiples matanzas y atropellos, las miserias impolutas de nuestra paradójica condición existencial. La muerte sigue pareciéndonos un misterio insondable, el fatal desenlace en la trama vital, aunque su presencia virtual a la hora del almuerzo nos produzca un leve rubor de lasitud, las guerras, el engaño, las necesidades, las típicas escenas de niños africanos devorados por las moscas, su deplorable vida, deben ser registradas para luchar contra la indiferencia, para hacerle ver a una sociedad obsesionada con los famosos y la moda, su cara vergonzante, la amnesia  colectiva que confirma  la imposibilidad del amor contemporáneo.

James Nachtwey, war photographer (Cristuan Frei, 2001) es un multipremiado y conocidísimo documental sobre la figura de James Nachtwey, notable fotógrafo que ha sido galardonado con los más excelsos premios del arte fotográfico. Un documental sin muchos contratiempos, a medio camino entre el testimonio autobiográfico y el documental austero que se nutre del archivo bélico para situar al espectador detrás de la mirada del reportero gráfico.

Vietnam, Guatemala, Kosovo, Ruanda, Indonesia, Palestina, África y Estados Unidos, escenarios de los que se vale Cristian Frey para ilustrar con cautela el recorrido profesional que ha llevado a Nachtwey a desarrollar una extensa carrera dedicada a fotografiar el lado más sórdido y deleznable de las guerras y su sentido de la propiedad, pero también el trono de los pobres de la globalización o el refugio carcelario de los negros de Norteamérica. ¿Me gano acaso la vida gracias al sufrimiento de los demás? ¿Han sido su sufrimiento y su miseria los artífices de mi éxito? ¿Soy acaso un aprovechado? ¿Un vampiro con cámara de fotos? Sí. Las preguntas que pueden pesarle a cualquier reportero crítico que tenga la necesidad de buscar respuestas a un oficio que no está exento de ética y requiere algo más que una máquina, unos ojos, unas buenas piernas y una saludable tarjeta de crédito. La obligación de trascender el cinismo, la corriente, el impacto y el sentido de estar detrás de un medio de comunicación, un arma de manipulación de conciencias, una granada sobre la pantalla plana. Y es que los fotógrafos documentales, auspiciados por los premios y el colegueo mediático, sabedores de cuanto vende una imagen de choque, últimamente pareciera que no escapan de aquellas imágenes fatales que bordean la delgada línea que separa lo privado de lo público, lo humano de lo meramente comercial, lo inmediato de lo imperecedero. Esta cuestión, tal vez, sea la que más nos emocione de James Nachtwey, su frialdad temperamental, su precisión de cirujano de guerra, su dedicación extrema y el pudor profesional que envuelve la profundidad de toda su obra, no obstante, pesa como una losa fría haber hecho carrera mediante el dolor, el hambre, la contaminación, la violencia o la mezquindad de unas condiciones sociales impuestas a través de un sistema económico que poco o nada tiene que ver con los de abajo, con sus disentimientos. Lo parcial sería no reconocer en su trabajo el sacrificio, religioso inclusive, de creer en otro mundo posible. En este sentido, Nachtwey concibe la fotografía como algo opuesto a la guerra, una herramienta para hacer que los otros también protesten y exijan dignidad, voz y memoria.

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