Colectivo Digital Creativo

Golpes mecánicos

In Cine, micro Críticas on 21/02/2011 at 06:52

El caudillo pardo, Aldo Salvini, 2005.

“A mi me gusta que la mujer sea mujer, mujer.”

José María Aznar

En 2005 me topé con dos testigos de Jehová en el segundo piso del bloque donde vivía entonces. Justo habían salido de sermonear a Wilson Pacheco, un ex paracaidista del ejército de Estados Unidos que dio con su infame jubilación en el barrio sevillano de La Macarena. A Wilson lo maté en la puerta de un estanco. La muerte lo asaltó por sorpresa en el folio 65 porque en su momento el guionista no resistió las incontables fechorías que el milico había relatado a la grabadora de mano, confesiones sobre abusos en guerras repetidas donde quedaba latente su tétrico sentido de la justicia y a la vez se imponía la justificación de la violencia por encima del bien y del mal. Así lo había ordenado Dios y así debía suceder cual naturaleza dual. En definitiva, aquello me hacía pensar en lo nacional y en lo absoluto, en la falsa creencia de todo el que abusa de la tolerancia hasta el atropello. Valga lo anterior como síntesis catatónica de la paradoja que lleva a cuestas Jorge Pohorylec, protagonista del documental peruano El caudillo pardo (Aldo Salvini, 2005).

La cinta muestra la obscena visión existencial de un nazi utópico  que a la vez es judío, asexuado, misógino y revolucionario. Asistimos durante noventa minutos a una confesión personal de “nazi andino” que invierte su tiempo en armar camisetas con joyas reaccionarias como “faltan hembras, importemos” o “el impuesto fijo es como pagar a la puta o lesbiana traidora de la raza”. Lemas estampados en serigrafía de los que se deduce una febril e indolente misoginia. Efectivamente, Jorge encarna al chiflado que combina razonamientos lúcidos con observaciones patéticas, contradictorias y demenciales. Vive atrapado en el pasado, en el recuerdo agridulce de una familia acomodada y en una ciudad donde los locos tienen licencia para matar su soledad entre el caos del tráfico y las inmundicias callejeras.

Otros iluminados purifican el camino de Jorge en el documental. Por ejemplo la mujer con la que convive, madrina de perros y gallinas, practica la abstinencia sexual y se muestra siempre austera ante la cámara. El rechazo también se percibe en el grupo neonazi limeño que no ve con buenos ojos que un judío dude de Hitler, hable del reparto social de la riqueza, apueste por la educación espartana y, asimismo, vea en el poder de los lápices la forma máxima de sabiduría. En este sentido, locura y cordura del personaje confluyen en el territorio de lo popular y lo mundano. Se podría decir que su desafección por cualquier trabajo de ocho horas nos aclara el papel de un outsider montaraz que duda del progreso y, concretamente, reniega de la teoría de la evolución en favor de la costilla de Adán.

El director de El Caudillo Pardo arriesga poco o nada en la forma de mirar al personaje, descarta el tono ensayístico para centrarse finalmente en la observación y el seguimiento cotidiano.  Lo deja rajar de pleno y deshacerse en su incontinencia verbal, lo zarandea sin ángulos ni perspectiva  y en ningún momento nos ofrece reinventarlo o sacarlo de contexto para darle voz a las ausencias. Le sobran comentarios que se repiten y, sin embargo, logra establecer una momentánea vinculación emocional, piadosa al fin, entre el espectador y el personaje que ha ido enganchando infinitos disparates en su narración. Todavía lo inverosímil puede hacernos ver que hemos sido abducidos por un misterio que nos impide reconocer en el suelo los pasos perdidos. Antes que nada, Jorge Pohorylec necesita atención, algo que por supuesto logra el director de la cinta, es decir, acudir a sus urgencias de retórica en constante ebullición. Al documental, decíamos, la sobra metraje y le falta trabajo de edición para no resultar farragoso. Menos mal que del diario íntimo queda la música, como un poema inflamable  en el que arden todas las cosas que antes había y ahora suenan de lejos.

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