Colectivo Digital Creativo

Holocáustica, neorrabia y otras formas extraordinarias del subterráneo

In Artículos, micro Críticas on 12/10/2010 at 21:04

 

Jabato, Javier. Caín o la literatura del odio

 Bohodón Ediciones, Madrid, 2009. 

 

” ¡Ah, raza de Abel, tu carroña/ engordará el suelo humeante!/ Raza de Caín, tu tarea/ no está hecha suficientemente”.

Charles Baudelaire

 

Hace unos meses descubrí, a través de unos amigos, la obra de Javier Jabato, escritor joven e irreverente, demencial y lumpetario, autor reconocible que, probablemente, ya desde la infancia, incubara un atrevimiento insoslayable hacia las letras, desafiándolas, hundiéndose en ellas a partir de extrañas letanías que invocan y reivindican la presencia real de Caín en el proceso histórico que invariablemente nos roe las entrañas.

Su libro lleva por título Caín o la literatura del odio, a medio camino, como se apunta en la contraportada, entre el ensayo descarnado y la novela fragmentaria. Se trata de un libro plagado de referencias apocalípticas e históricas, autores y personajes marginales, protagonistas terciarios que son ninguneados en el arrabal de la cultura popular, mancillados por la gracia divina y los curritos rubicundos del mainstream, un libro, al fin, momentáneamente chato y a la vez terriblemente sugestivo. Las razones son múltiples y huelga decir que estamos frente a un texto disímil, donde lo que podría ser una estrategia común del malditismo trasnochado; el tono en primera persona; la confesión lastimera; el onanismo infantiloide; la autodestrucción en el yonkódromo, etcétera,  se termina rechazando en favor de una voluntad que nos ofrece laberintos de su propia conciencia al más puro estilo de William S. Barroughs o del Cortázar menos empalagoso, escritores totales que encontraron el éxito en la narrativa disfuncional. En este sentido, la crítica, experta en códigos de barras, diletante aventajada, suele contraponer adjetivos y conceptos por sistema, atacar desde el palíndromo y rebuscar en la basura aquellos restos de chapa que, en definitiva, no han resistido el embate de una lectura a extramuros del plano hedonístico. El texto de Jabato habría que entenderlo, entonces, como un rito ortodoxo en el que el lector se siente exhortado ante la erudición excesiva y burlona de su creador. Por esto mismo, el lector notará como un gélido teorema lo asalta al pasar cada una de las páginas, como su propuesta tiene una clara correspondencia con el destino errante de los hombres, personificado en Caín y su adicción ontológica a toda forma de maldad. No sabemos si Jabato leyó el Caín de Saramago en 2009, donde la sobriedad característica del autor libra una batalla contra Dios, no obstante, en el texto que nos ocupa hay una clara referencia al verso de Luis Cernuda en el que llama “Caínes Sempiternos” a toda la corte fascista que lo condenó al exilio. No se trata de si a Jabato le duele o le pica Ex-paña, en cambio, la reflexión bíblica que se hace sobre Caín acompaña al perfecto deambular de los jóvenes escritores de la novela, condenados a vagar por los márgenes de la intrahistoria, por una ciudad a todas luces querellable.

Hasta aquí podríamos imaginar que el libro carece de argumento y que no va más allá de un heterogéneo catálogo de pesadillas. Efectivamente, somos poco más que metanada, seres que cuando llegamos, ya hemos muerto. Algo así debía pensar Silvio Fernández Melgarejo del “reloj tiempófago” al que rezarán contrariados los personajes centrales del libro, jóvenes escritores envueltos en una trama conspiranoica ciertamente imposible. César, un pseudo escritor esquizoide que aparece y desaparece como si fuera el niño Dios; Luz, escritora también joven, indómita y depresiva; Xyz, el lúcido personaje-narrador que no está muy lejos de ser el propio Jabato; Ienínez, un camello de poca monta con vocación de negro literario; Manquina el Oblicuo, chapero penitente e indeseable, despreciado por el narrador-personaje…después, más etcétera y más etílico y algún que otro personaje más o menos estrafalario sin mucha sustancia para el recuerdo. Todos ellos gozan de nombres improbables, absurdos, punkadélicos, nombres propios y ajenos, de ciudades y obras apócrifas que juegan al despiste y ponen en jaque toda preinscripción académica posible. Por otro lado, resulta curiosa la introducción copulativa que abre el libro; una enumeración poética de cuatro o cinco páginas en las que se muestran todos los Caínes que el lector pueda llegar a imaginar. Caín y el automatismo simbólico. Caín sin desperdicio. Pero en cualquier caso, si nos dan a elegir entre millones de drogas formales, ya que en parte hablamos de una novela fragmentaria, en ese caso, quedémonos con las intersecciones o zonas fronterizas que el autor añade al libro y que denomina Narraciones Extraliterarias, un total de ocho narraciones que demuestran un gran conocimiento de la cultura underground, atravesando todo el texto, estos apartados son una deuda extravagante con las Narraciones Extraordinarias de Edgar Allan Poe, correlación que no resta mérito al sobresaliente ejercicio de crítica social, política y cultural que Javier Jabato escribe con el rabo de quien se sabe ávido lector, ya sea para  enumerar varias páginas con motes lumpetarios de Estepa y alrededores, o reconociéndose igualmente en el cine y en la música punk, en bandas traperas y cintas expresionistas, tanto de serie B como de XYZ. Es más, Jabato no cita, sino que trasciende la anécdota o el comentario de catálogo, situando el gesto de un personaje, casi siempre cainita, previamente archivado, en ese instante concreto de su narración literaria, en fin, participando activamente, remontándolo, inventando, aportando un significado distinto en la moviola.

Evidentemente, el tema de Caín es tan viejo como recurrente, tan complejo como resbaladizo, tan osado como inexpugnable después de siglos de tradición judeocristiana dominante. En este sentido, la aportación del libro puede entenderse bajo el ánimo de insertar la figura de Caín, su infausta marca de superdescuento, en la dinámica cultural del siglo XXI.  Su intención es cuanto menos atrevida, haciendo gala de apellido, animal salvaje y dañino, Jabato inserta inteligentemente la tradición en la postmodernidad porque sabe que para ejecutar una revisión de los mitos y los ritos es necesario descifrar los símbolos, deconstruir, alzar la voz contra un Dios que, sin embargo, condenará a los cainitas del mundo, pobres, inocentes y perdedores, para que nazcan sin culo, consumándose un deseo primigenio de las castas superiores, es decir, la mierda, ahora concentrada en unos pocos, será noticia en The Wall Street Journal.

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