Colectivo Digital Creativo

En tierra de nadie

In micro Críticas on 02/08/2010 at 13:35

Lucky Village, Ingrid Malmcrona y Pedro Pinzolas, 2003.

“Cuando la felicidad nos sale al paso nunca lleva el hábito con que nosotros pensábamos encontrarla”.

Macedonio Fernández

Desde algunos ámbitos de estudio, no sin cierta pereza, se ha querido resumir el fake como una fórmula exclusiva que desde los años ochenta se practica en torno a la parodia, la subversión, el parasitismo o la deconstrucción. Si bien parece un sinsentido separar el nodo que cohesiona a los falsos documentales, especialmente los docudramas o las recreaciones, con el modelo expositivo clásico documental, tampoco podemos obviar algunas manifestaciones del cine de lo real que, partiendo del fake, se convierten en formas de indagación sobre sí mismas y al mismo tiempo incorporan relaciones con la historia documentada. Josetxo Cerdán[1] ha estudiado este fenómeno en el que el término de lo falso se queda a medias, es decir, películas que tienen un vocabulario propio, una vinculación con el mundo histórico y una forma de escritura híbrida: “¿Qué ocurre cuando el falso documental se hibrida con formas documentales ortodoxas o manifiesta parecidos objetivos con el documental. Si el fake en su forma canónica es una ficción que se parece al documental, el terreno ahora se vuelve más incierto e interesante para pensar en ‘seres’ y parecidos”.

Lucky Village (Ingrid Malmcrona y Pedro Pinzolas, 2003) es un fake que responde a ese terreno resbaladizo no sólo como fórmula creativa y estrategia frente a la realidad, sino también como un interrogante que desafía al espectador y que, de hecho, pone sobre el tapete una cuestión concreta; la veracidad finalmente se establece entre el texto en sí mismo y la propia audiencia. En Lucky Village se representa la vida cotidiana y apacible en La Herradura, un municipio costero de la provincia de Granada. En esencia la cinta es un fake ambiguo que reflexiona sobre los tópicos que pueblan Andalucía desde hace siglos, pero en particular nos sumerge en esa insólita fascinación[2] que los viajeros extranjeros del siglo XIX vieron en Andalucía.  La voz en off que narra durante una hora escasa, potencia esa objetividad tan característica de los documentales de la BBC. De hecho, el documental está rodado en inglés, alemán y español. Lucky Village es un documental irónico, pero con un fino y destacado sentido del humor que proporciona al espectador una cálida sugestión. Habría que precisar que esa voz en off es pretendidamente deliberada. Por ejemplo, en otra dimensión formal estarían los documentales en los que la mano del realizador está literalmente ausente con la idea de respetar de manera sublime el principio de que la objetividad equivale a la no intervención directa[3].

La voz en off que al principio se muestra seria y contundente, recreándose en bellos paisajes de Andalucía…”poblada por fenicios, romanos, árabes…y hasta italianos…” de repente traslada la puesta en escena a “una peluquería en La Herradura que presume haber acogido a personajes ciertamente relevantes”. La voz evoca a la reflexión sobre el imaginario colectivo que componen los personajes que habitan el pueblo: Raimundo, consumado barbero que ostenta el monopolio de su profesión entre los hombres; El señor Graber, un suizo orgulloso de vivir en la villa; María, la joven y brillante estrella de la televisión local; Evaristo, un luchador por la independencia de la villa; Davor, un croata fascinado por el viento de poniente de La Herradura; Michele, jubilado de la Fiat que un día recaló en la villa cuando estaba de paso con su mujer y finalmente quedó eclipsado por el entorno y sus gentes; Manuel, el peluquero de señoras, apasionado de su trabajo y de la belleza femenina; Raúl, el hombre que quiso ser feliz y vive en armonía con el mundo gracias a la filosofía zen; Germán Cobos, nostálgico de la España gloriosa de los años 60 y 70 en la que los aldeanos trataban de “Don” a los viajeros; Antonio y Frán, los propietarios del bar más popular de la villa; Román, que llegó hace años a La Herradura con su hermano Javier y que ahora sólo bebe café y ve viejas películas americanas; Cosme Sheridan, especialista en filosofía oriental y compañero de juergas de Paul Bowles en Tánger, etcétera. Lo más característico de los personajes son sus comentarios, expresivos y a la par hieráticos, éstos aparecen retratados bajo una fuerte frontalidad, como si estuvieran posando para un fotógrafo en lugar de para una cámara de cine, una composición del cuadro que se percibe tanto en los planos individuales como en los planos de conjunto. En este sentido, los viajeros y los turistas viven hechizados por los encantos de la luz, el mar, la sierra, las calles estrechas y las casas pintadas de blanco de Andalucía, símbolo del paraíso, cuna de experiencias vitales y sabias formas de entender la convivencia. Andalucía y sus tópicos, donde el tiempo parece haberse detenido y con él sus personajes. Por eso la frontalidad llama tanto la atención al espectador, de manera que los silencios enlazan rápidamente con una música ambiental que recoge tonalidades que van desde la New Age hasta composiciones ambientales de corte electrónico.

Habría que destacar también la peculiar fotografía del film; en blanco y negro, muy luminosa y al servicio de constantes fundidos a negro, siempre con ese ritmo pausado que nos sugiere La Herradura y el sosiego que transmiten las personas que la habitan.

Por otro lado, las reflexiones del guión son ciertamente deliciosas. Consideraciones sobre el pasado y el presente “con esa naturalidad engañosa que tienen las cosas reales”. Lucky Village no sería un fake al uso, pues su planteamiento se sitúa en las antípodas del fake que gravita básicamente en torno a la mimetización de materiales de archivo y formas (auto)conscientes de representación. En consecuencia, no sería una película de ficción que imita las formas del documental, ya que, afortunadamente, va mucho más allá, estaría en tierra de nadie, entre lo imaginado por unos viajeros que un día descubrieron un insólito rincón donde la fascinación podía ser real, y los referentes históricos que certifican la existencia de esa forma paradisíaca de vida; pueblos andaluces que aún hoy día siguen acogiendo a viajeros y curiosos atraídos por el componente mítico que los envuelve. Y lo más importante, Lucky Village evita los trascendentalismos[4] que en ocasiones ahogan el documental, convirtiéndolo en una hondura infumable. Al contrario, nos deja reflexiones impagables que resumen parte de nuestra existencia: “ No es sólo que las cosas sean necesarias, sino que todos intentamos pasar un buen rato…incluso fabricando lo que pueda parecer irreal, como una imagen que es falsa…pero que acaba por ser todavía más falsa que lo que nunca imaginemos…y sin embargo qué buen rato pasa uno con todas estas cosas tan idiotas como rentables…Así, qué fácil resulta pasar por la vida”.


[1] Acomete una reflexión sobre la desestabilización y la impureza contemporánea del fake en España. Véase el capítulo “La voluntad quebrada (o el extraño caso de los falsos documentales que no acaban de serlo)”, en Nada es lo que parece. Falsos documentales, hibridaciones y mestizajes del documental en España [Coordinado por María Luisa Ortega], Textos Documenta y Ocho y Medio, Madrid, 2005. Págs.  107-132.

[2] Lucky Village tiene un referente cinematográfico directo. Véase el capítulo Paraísos, sobre las utopías humanistas que se desarrollaron en Andalucía en el siglo XIX y XX; o más bien sobre las utopías que podrían haberse llevado a cabo. El fake forma parte de la serie Andalucía, un siglo de fascinación (Basilio Martín Patino, 1998), compuesta por siete capítulos agrupados bajo la denominación de falsos documentales, independientes y apócrifos.

[3] Antonio Weinrichter pone dos ejemplos de sobra conocidos: La espalda del mundo (Javier Corcuera, 2000) y Caminantes (Fernando León de Aranoa, 2001). Véase en Desvíos de lo real. El cine de no ficción. Pág. 104.

[4] Léase otra reflexión del guión a la que nos invita la voz en off en Lucky Village: “Todo es de color del cristal con el que se mira, se nos dice continuamente, como para impedir que cada uno mire y que lo que vea lo pueda considerar de alguna ayuda…Y así, sin ayudas de ninguna clase el hombre alcanza la felicidad”.

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