Colectivo Digital Creativo

Érase una vez un pionero

In micro Críticas on 23/07/2010 at 16:26

Forgotten Silver, Peter Jackson y Costa Botes, 1995.

“Átale, demoníaco Caín, o me delata”.

Julio Cortázar

Antes de que el Falso Documental se pusiera de moda en la andadura del siglo XXI, Forgotten Silver (Peter Jackson y Costa Botes, 1995) ya había entrado a formar parte de la historiografía contemporánea. Las razones son múltiples, pero sobre todo habría que destacar su delirante posición autorreflexiva con el medio cinematográfico, concretamente, con los orígenes del cine. Estrenada en España como La verdadera historia del cine, la cinta turbó la idea que tenemos de una gramática convencional del medio, tanto con su estructura laberíntica como en una ficcionalización del documental donde el tono cómico no puede pasar desapercibido a menos que desconozcamos los nombres imprescindibles que motivaron la aparición de las imágenes en movimiento.

De nuevo comprobamos como el recurso de acudir al archivo biográfico de un “personaje histórico” resulta particularmente útil. Forgotten Silver narra la vida de Colin McKenzie, un cineasta de inmenso talento y una poderosa imaginación que se anticipó a los pioneros  del cine y, sin embargo, no figura en la historia oficial. Peter Jackson y Costa Botes grabaron este mediometraje para la televisión de Nueva Zelanda, un pequeño país del nuevo continente que albergaba uno de los secretos mejor guardados del cine.  Jackson se introduce en la narración desde los primeros instantes, señalando la casa en la que empezó todo tras recibir la llamada de una antigua vecina que resultó ser la viuda de Colin McKenzie.  Asistimos, entonces, a la reconstrucción del personaje mediante un montaje paralelo que alterna la figura de McKenzie con una expedición del equipo de rodaje del documental hacia la ciudad perdida que McKenzie construyó en la selva neozelandesa, una especie de Babilonia donde rodó Salomé, su obra cumbre. Forgotten Silver trata con mucha sorna el apartado que la historia del cine reserva a las clásicas películas hagiográficas, gracias a un laborioso trabajo de un supuesto material encontrado, Jackson y Botes se ayudan de las entrevistas de expertos académicos, corroborando éstos la autenticidad de sus hallazgos arqueológicos.

Lo más interesante de Forgotten Silver es que se desarrolla de un modo completamente verosímil: los procesos del documental, y, por tanto, su retórica, son escrupulosamente respetados en su desarrollo[1].  A pesar de todo lo embaucador que resulta el metraje, no obstante, el espectador empieza a cuestionar la red de casualidades que sacuden la historia, y, de algún modo, las costuras de la falsedad asoman tras la borrachera de ingeniosas creaciones que el bueno de McKenzie lleva a cabo en su labor de ingeniería fílmica. Por ejemplo, a los doces años de edad Colin construyó su primera cámara fotográfica y acoplándola posteriormente a una bicicleta tomó sus primeras imágenes en movimiento. Asimismo, el historiador Leonard Maltin explica que Colin empleó una máquina de vapor para mover un proyector. Pero es el testimonio de su viuda, Hannah McKenzie, lo que certifica que su marido fue un verdadero iluminado, pues hervía el lino que había cerca del pantano de su casa hasta convertirlo en nitrato de celulosa. Luego, para realizar la emulsión empleaba únicamente la clara de los huevos, necesitando una docena de huevos para un minuto de película. Es decir, la imaginación de Jackson en este sentido ronda el terreno de lo bufo, siempre apoyándose en la seriedad académica de la entrevista que ratifica la certeza de lo que nos están contando bajo el amparo de fotografías fijas y reconstrucciones de un cine en ruinas perfectamente simulado desde el presente tecnológico. Por si fuera poco, los creadores de Forgotten Silver ponen en jaque los orígenes de la aviación inclusive. Una grabación de Colin prueba que Richard Pierce se anticipó a los hermanos Wright en el arte de volar. No contento con establecer hitos de los que jamás tendría la más remota idea, The Warrior Season (1908) puede considerarse el primer largometraje de la historia del cine. De la misma forma que Test Color (1911) sería la primera grabación en color, también se anticipa veinte años antes al surgimiento del sonido: grabando diálogos, golpes y pelas, caballos, etc.  Todos estos pasos previos son el anticipo hacia un verdadero acercamiento al cine con mayúsculas, aquel que se ocupaba de recrear las santas escrituras. Colin McKenzie ve en las lecturas bíblicas la posibilidad de contar la gran historia de la humanidad, una empresa que lo llevará a concebir Salomé como un reto personal y espiritual. No obstante, pronto ve que para construir una ciudad en medio de la selva es necesario mucho dinero. Será  trabajando con el payaso Stam como consiga el dinero necesario para ir dándole forma a su gran película. Colin es el pionero, efectivamente, de la cámara oculta, precursor de un cine protagonizado por cómicos que gastaban todo tipo de bromas a personajes anónimos. Prueba de ello son las películas Stam the man in Rotorna (1922), Stam the man in Te Kenti (1924) o Stam the man in Buller (1925). Así, con el dinero que ganaba con el payaso Stam, sin chispa de gracia, pudo ir financiando Salomé. La producción de la cinta se convierte en una odisea extraordinaria. Primero Colin encuentra un mecenas llamado Red Salomon, un millonario que se había forrado vendiendo biblias (Salesman, David y Albert Maysles, 2004) y objetos religiosos, pero que vio esfumarse su fortuna con el crack del 29. Entonces Colin acude al auge del comunismo en todo el mundo, haciéndose diputado rojo en Nueva Zelanda y llegando a un acuerdo con la burocracia cultural de Stalin. La historia de la película no podía contener ninguna referencia religiosa, planteándose como una historia de la lucha de clases en la antigüedad. Hannah McKenzie explica que su marido odiaba la versión de los rusos, así que realizaba tres tomas en cada escena, dos para él y una para el régimen comunista.

El film tiene, también, momentos de intensidad dramática poco comunes en el mockumentary, es el caso de la muerte de Maybelle, la actriz que Colin había elegido para el papel de Salomé y de la que el cineasta estaba perdidamente enamorado, fulminada en el excesivo rodaje. Véase también la propia muerte de McKenzie en la Guerra Civil española donde había llegado huyendo de los hermanos Palermo, de los rusos y de su propia autoestima. En la película que los directores habían reclamado a las filmotecas españolas, vemos a Colin grabar la parte más humana de la contienda y como un sorprendente documento bélico registra su muerte cuando trataba de auxiliar a un compañero de las Brigadas Internacionales. Un desastre que nos recuerda a la famosa fotografía de 1936 de Robert Capa. Referentes ilustres que Jackson y Botes rescatan a modo de guiños metadiscursivos. Hasta aquí llega lo más significativo de la biografía del cineasta que fuera pionero hasta las últimas consecuencias.

La narración que explica la restauración del material sitúa a los expedicionarios rastreando los restos de la ciudad perdida en la selva. El detalle de Peter Jackson cuando encuentra una botella entre el follaje no puede ser más certero. El mensaje se encuentra cerca, Colin lo dejó bien sellado en una especie de sarcófago que contenía cientos de latas de la célebre Salomé. Asistimos al proceso de digitalización de la cinta y a la proyección de una película en el desenlace de otra película, porque el protagonista de Forgotten Silver no es otro que el cine, sus directores lo saben, los espectadores lo intuyen y los personajes no pueden sino retratarse a sí mismos.


[1] Sánchez-Navarro, Jordi. Imágenes para la sospecha. Falsos documentales y otras piruetas de la no ficción, Ed. Glénat, Barcelona, 2001. Pág. 26.

  1. Hola,Pedro,
    Tuve oportunidad de ver el documental en clase de historia del cine con Pancho hace un par de años. Como comentas, el cúmulo de casualidades que hacía que todo fuera encajando perfectamente (un recurso cinematográfico más, por otra parte), en especial cuando milagrosamente encuentran en la filmoteca española las imágenes que él mismo había grabado de su propia muerte, fue lo que me hizo sospechar que todo era un engaño (bastante avanzado el documenta, todo hay que decirlo.
    Recuerdo que Pancho, que ha visto un millón de películas, si no toda la filmografía mundial, dijo que el único “flaw” del documental, según él, era la interpretación “a la manera moderna” de los actores, que delataba sin lugar a dudas que se trataba de un engaño.
    Saludos.
    Ana

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