Colectivo Digital Creativo

Fallos y fallas de la esclavotracia

In micro Críticas on 20/07/2010 at 00:51

C. S. A. (The Confederates States of America), Kevin Willmott, 2004.

“La injusticia en cualquier lugar es una amenaza en todos lados.”

Martin Luther King

Por lo general el fake se articula desde una posición paródica o satírica, un corsé del que a menudo no puede zafarse, en parte,  porque es un género que destapa sus claves desde los instantes previos al desarrollo del mensaje que quiere poner en evidencia. En el caso de CSA: The Confederate States of America (Kevin Willmott, 2004) se demuestra que el falso documental puede ser un descarado vehículo para denunciar una determinada posición política movida por la indignación histórica de una clase social o un grupo étnico marginado y explotado por el poder dominante y su correspondiente cultura oficial. ¿Qué hubiera sucedido si la guerra civil de lo que conocemos como Estados Unidos la hubiesen ganado los Confederados del Sur en vez de los Abolicionistas de la Unión del Norte?. La pregunta es una vuelta de tuercas a la historia oficial y al mismo tiempo la hipótesis que sostiene el director de la película para cuestionar desde una exagerada puesta en escena la dominación esclavista de la población blanca sobre el resto de razas que habitan Estados Unidos y la vigencia de estigmas racistas en las estructuras sociales guiadas por los medios de comunicación. Negar que la potencia imperialista estadounidense ha sido básicamente reaccionaria con las minorías étnicas y sociales sería algo así como creer que la URSS estalinista fue garantía de respeto con los disidentes políticos o con el cumplimiento de los derechos humanos fundamentales. Si bien Willmott, avalado por Spike Lee, nos ofrece una visión histórica desmesurada, no habría que imponer la dualidad capitalismo-comunismo para cuestionar el valor ético de la película, a sabiendas de que asistimos a un documental de ficción realizado por un director afroamericano que ofrece unas premisas de compromiso con la raza negra desde una relativa manipulación sociohistórica. Acusar al director de falta de rigor con los acontecimientos que se citan es cuanto menos absurdo, por no decir innecesario si tenemos en cuenta que el cometido de la película no radica en la falsa objetividad. En este sentido, las posibles críticas, escuetas y perezosas, vienen sin duda gracias al desconocimiento del público general de las claves del falso documental, un público empecinado en asegurar hasta el hartazgo el principio de realidad. Estamos de acuerdo en que existen documentados determinados acontecimientos históricos que han marcado el devenir de la reciente historia de Estados Unidos, pero la crítica a la película no puede ser el sustento de un pernicioso juicio sobre si la película cumple o no la historia oficial documentada. Como se anuncia al principio de la película: “Si vas a contar la verdad, mejor será que lo hagas con humor”. Sabemos que la disciplina histórica se nutre de la subjetividad y de un manifiesto interés de los vencedores por contar, escribir, enseñar y tergiversar los hechos históricos. Por lo tanto, el debate sobre la película habría que abordarlo desde el análisis del código de lo verosímil, es decir, en los límites formales de la ficción.

Una revisión crítica que se ayuda de la versión de dos historiadores, por un lado un blanco que defiende las actuaciones de los confederados (Rupert Pate) y por el otro una mujer afrocanadiense (Evamarii Johnson) que reivindica el derecho de los negros a divulgar su historia errante.

C.S.A parte de una emisión televisiva de un canal ficticio, BBS, de un supuesto documental histórico que cuenta con los habituales anuncios que en este caso se centran en cómo vender la parte más utilitaria de lo que el director no duda en llamar la Esclavotracia. Desde luego, los interludios publicitarios no tienen desperdicio y son de largo lo más divertido de la película. Spots que están en el punto de mira de cualquier familia estadounidense a quien le sonará familiar aquello que Willmott nos presenta desde una mirada mordaz: los valores familiares, la seguridad del hogar, las cómicas amas de casa, los productos de consumo, el servicio de telemarketing que permite a los jóvenes pujar por un lote de negros en subasta, las referencias a personajes históricos de tendencia racista, etc. Todo ello pasa por el alambique del director e invita al espectador-consumidor a que se interrogue en el plano de la ficción más cercana a la realidad bajo la sombra de una contaminación del estatuto documental. Un sostén narrativo que se disipa en la narración histórica propia del rastreo documental: reconstrucciones de viejas películas, obras de teatro, testimonios, fotos fijas de archivo, etcétera. Una profusión de datos a la altura de una manipulación más o menos consciente del complejo proceso narrativo que supone argumentar una rocambolesca historia de los Estados Unidos, partiendo de la batalla de Gettysburg y, en definitiva, exaltando los valores imperiales que ansían “el divino mandato de dominar el mundo”. En la narración, el director de C.S.A. balancea dos posturas opuestas, tal como apuntábamos al mencionar a los historiadores. El exterminio de la raza negra en la historia se enfrenta con el bando pro esclavista que justifica el holocausto americano con el convencimiento de la “restitución moral americana”.

En este fake asistimos a escenas de películas inventadas que rozan el absurdo. Por ejemplo, en 1915 se rodó La caza de Eine “El deshonesto”, en la que se cuenta como Abraham Lincoln fue descubierto mientras huía de la justicia, disfrazado de negro, con destino a Canadá. Otro episodio muy caricaturesco es el que protagoniza el congresista Jefferson Davis, a quien vemos tomando té en su salón, dubitativo e inquieto, al tiempo que su mayordomo negro le lanza una idea para dirigir un plan que sirva de contraataque a los abolicionistas. Pero el colmo del esperpento en la película recae en el personaje de John Fauntroy, representante de una larga estirpe de esclavistas que son algo así como “la familia real americana”. Fauntroy es un político tan descaradamente nazi que provoca una reacción hilarante en quien lo oye. Exalta la victoria del “pueblo yanqui” sobre los españoles en 1900, así como el ánimo de toda una nación de dividir y conquistar al pueblo latinoamericano con el fin de formar “un imperio tropical”, ideal expansionista que se representa en la película Selva Oscura en 1940. Una necesidad imperial que se traslada también a la guerra con Japón, por cierto, con una justificación histórica muy difusa, pues se alude a que ambas potencias querían el dominio del Pacífico pero no se dan más detalles.

A partir de 1950 la película se encarga de reflejar la paranoia estadounidense con todos los terroristas del mundo. El enemigo en este caso lo tienen cerca, se trata del J. B. U, una organización terrorista canadiense que choca frontalmente con otra de las consignas que promueve el abolicionismo: “conservaos puros”, pues “se puede ser claro y brillante pero no se es claro al instante”. La película continúa con una narración plagada de datos y elipsis, hasta que le toca el turno a JFK, imagen de la emancipación de la población negra, no obstante, no se explica nada acerca de por qué fue asesinado. Su muerte propicia que estallen los disturbios en la calle, una atmósfera de rebeldía influenciada por el rock and roll, el movimiento hippie y las luchas feministas (“No somos simples mascotas mentales”) de los años sesenta. Inmediatamente la película nos ofrece imágenes publicitarias de cómo mantener a nuestro negro contento con una simple pastillita, Contrai, el efecto placebo infalible para sacarle a nuestro empleado doméstico una dulce sonrisa plástica. En conclusión, en la película se repite el ritmo narrativo que primero expone, y más o menos manipula un acontecimiento histórico, al tiempo que la narraciónn se acopla al anuncio publicitario que si bien en una película convencional de visionado televisivo actúa como un obstáculo, en esta película es el complemento perfecto gracias a la dosis de humor corrosivo e inteligente que componen cada uno de los anuncios donde el negro no sale muy bien parado que digamos, al contrario, el cinismo, los abusos, su cosificación y menosprecio quedan representados bajos formas cómicas, siendo esta fórmula una estrategia del director para que nos demos cuenta que aún hoy en día la población negra sigue teniendo problemas de integración y ocupando los trabajos más indeseables en una sociedad que emplea cotidianamente términos como libertad (Duradera), democracia (Cada cuatro años), justicia (¿Cómo andas de guita?), bienestar (Televisión de 60 pulgadas) o seguridad (En EEUU estacionar tu bicicleta en la acera mientras compras una barra de pan te puede costar un juicio rápido), una sociedad que, al fin y al cabo, ha hecho todo lo posible para consolidar al hombre blanco y judeocristiano encima de un pedestal construido con el sudor de los afroamericanos, de los pobres, de los olvidados. A fin de cuentas, que tengamos a Obama como presidente no significa que algún osado pueda pintar la casa blanca de negro.

Finalmente, C. S. A, nos sorprende con un escalofriante epílogo en el que se explica como algunos anuncios de la película tomaron fuentes reales para su representación, por ejemplo, a niños negros en los anuncios de jabón en polvo (The Gold Dust Twins), la pasta dentífrica del hombre negro aún se sigue vendiendo en algunos países asiáticos (Darkie Toothpaste), la marca Niggerhair Tobacco llegó a tener como logo a un hombre africano caricaturizado como un salvaje (Cambiaría el nombre por Biggerhair), o la cadena de restaurantes Coon Chicken Inn, tuvo como puerta de entrada en sus locales la boca de un hombre negro. La guinda la pone el doctor Samuel A. Cartwright, autor del libro Enfermedades y peculiaridades de la raza negra. En 1851 llamó “Drapetomanía” a una enfermedad que azotaba al mundo y amenazaba el perfecto y natural estado de las cosas, afirmando sin tapujos que era un padecimiento que sólo los esclavos negros sufrían, un desorden mental que les impedía aceptar su esclavitud y los empujaba a pagar con el precio de la muerte su libertad. Haití, donde se conceptualizó durante años la miseria planificada, fue el primer país del mundo en abolir la esclavitud allá por 1804. EEUU tuvo que meditar 60 años (1882) para entender la idea de una república en donde los negros caminaran sin cadenas. Hasta prácticamente los años sesenta del siglo XX, la población negra de EEUU no tenía igualdad de acceso a las bibliotecas. C.S.A es algo más que un chiste gigantesco, políticamente incorrecta, su revisión marciana de la historia certifica el lado oscuro de los disentimientos.

  1. Estoy tratando de recordar en qué película lo vi. Era un anuncio de la época en que prohibieron el canabis en EEUU en el que salía un negro violando a una mujer blanca y aseguraban que era porque antes había fumado, y ello le había vuelto loco. Creo que era algún documental de Michael Moore.

    Pero no hace falta irse tan lejos para ver barbaridades como éstas… En este vídeo que sigue a continucación Losantos asegura, y lo dice como de pasada algo así como que eso es igual que cuando una mujer mulata da a luz a un hijo negro como el carbón, que es una regresión… Qué barbaridad.

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