Colectivo Digital Creativo

¡Grábalo todo, por tu puta madre!

In micro Críticas on 13/07/2010 at 03:05

REC, Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007.

“La realidad no significa nada sin comillas”.

Vladimir Nabokov

Ante la pregunta de Baudrillard ¿Hay lugar para una verdadera estrategia de las formas y de las apariencias? Detengámonos en el cine exitoso que se consume actualmente ¿Hay espacio para la reflexión de la imagen en esa analogía que acompaña al cine y que redime a la propia imagen de su mundo real? Si hablamos de una película de terror esta pregunta apunta más o menos al disparate, a no ser que creamos en el más allá de una compleja red de confabulaciones cristianas. El cine, que puede ser una herramienta eficaz para construir realidades e ideologías de una vida construible, también ha de reconocerse en su fruición estética, sin claudicar ante sus referentes si no es para reinventarlos. REC (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007) se mira en el lenguaje televisivo del reality show, en el reportaje, en el consumo publicitario, en un cine donde prima lo inteligente sobre lo reflexivo, en las claves de la telerrealidad, en la pura actualidad mediática o en la hiperrealidad de youtube. Rodada bajo una estética de falso documental, con la realidad como estilo y la estética de los brutos sin interrupciones, traiciona el modus operandi tradicional, es decir, grabar primero para definir después en el montaje. REC habla de una “realidad” que sólo tiene sentido como ficción para los que creen en los zombies, extraños seres que habitan en nuestra comunidad de vecinos, con quienes a veces nos cruzamos en el portal, coincidimos en el ascensor o en un paso de peatones. Los que a diario encontramos en el trabajo o en nuestra propia casa, porque los zombies pueden ser nuestras pesadillas más temibles pero a la vez pueden darnos momentos memorables, macabros y placenteros, suponiendo que conservamos un ligero entusiasmo por lo fantástico y creemos en la magia de la ilusión. En una película de terror estas constantes cobran vida si nos ha sobrecogido esa sensación de claustrofobia y desasosiego que caracteriza al género. Y lo cierto es que REC resulta en esencia un relato muy bien articulado, donde la historia en sí te hace pasarlas putas sin necesidad de abundar en lo sangriento ni oler a carne putrefacta. Si encima sus directores han logrado hacer caja con los muertos a partir de una fórmula sencilla ¿Podemos acaso renunciar a una reencarnación de nuestros vecinos en belcebú? En REC, un equipo de grabación de una televisión local formado por un cámara (De nombre Pablo e imagen invisible) y una reportera (Ángela Vidal), se dispone a realizar una grabación sobre la noche de un parque de bomberos. Así empieza la película, con una breve presentación de Ángela Vidal, todavía risueña, incapaz de darse cuenta de que su aburrido reportaje para el programa “Mientras usted duerme”, un alivio para insomnes y todo tipo de bichos nocturnos, se convertirá en una película brillante, donde la intención de los directores de conseguir una “imagen auténtica” se cumple gracias a un “espectáculo telerreal” muy bien elaborado. En este sentido, el mérito de REC reside en el fructífero efecto emocional que la cinta provoca en el espectador. Una fórmula que más que original resulta sencilla, ya algo nos dice que los directores no se plantearon en ningún momento  editar lo plasmado previamente en el guión, desarrollando un discurso narrativo sin cortes en el plano imaginario de lo real.

La telerrealidad, el simulacro o la ilusión estética, son conceptos acuñados por  Jean Baudrillard, no obstante, la postmodernidad, nuestra época, tiene algunos indicios en la filosofía del ateísmo encarnada por Feurbach: preferimos la imagen a la cosa, la representación a la realidad o la apariencia al ser. En resumen, asistimos a una sacralización de la ilusión. En otro plano, esta boutade de Lyotard aúna no sin ironía parte de nuestra telerrealidad: “Dios a muerto, Marx también y yo mismo no me encuentro muy bien”. De ahí que sea conveniente confiarnos a los designios de los mass media, a una telerrealidad que convierte al espectador en el sujeto central de la escena. En REC se cumple el “principio de realidad” y la combinación con el shock emocional transmite auténtico pavor, es decir, asistimos a una realidad de alta definición, y no nos referimos precisamente a la calidad de imagen de la película, sino a una cuestión que entronca con el leiv motiv de la sociedad espectacular y su manía de atrapar la realidad, fijarla en un escenario que en cierta medida contradice la ilusión de la representación. Cuando se busca dirigir la realidad a través del reality show estamos eliminado  la seducción o el espectáculo en el que el espectador es cómplice del engaño. Sin embargo, en este tipo de programas el sujeto protagoniza una especie de representación obscena que ataca de frente a la realidad haciendo de ella un ejercicio de pornografía emocional simultáneo. El espectador, por su parte, ha visto como la barrera, el visillo que le permitía diferenciar el juego de la representación, se ha desvanecido en lo hiperreal.

Una anciana que vive atrincherada en su piso lanza gritos inhumanos, los vecinos se asustan y dan la voz de alarma a la policía y a los bomberos que están acompañados por el equipo de reporteros. Una vez dentro del portal, la sensación de agobio del espectador va de la mano de los personajes. El contrapunto de REC lo encontramos en que algunas escenas contienen pinceladas de humor en extrañas circunstancias, y eso la convierte en una película especialmente sugestiva que te despierta una sonrisa sin caer en lo tétrico. Esto es lo que sucede cuando asistimos a las declaraciones de los inquilinos del edificio una vez se ha desencadenado el pánico inicial. Los vecinos “se olvidan” de que un zombie le ha mordido en la cara al agente de policía o ha tirado por la escalera al bombero, preocupándose más por si van bien vestidos o tienen brillo en la cara cuando son abordados por la cámara de Pablo y el intrépido micrófono de Ángela Vidal.

Hay quienes ven en REC una crítica a lo que supone vivir en un estado de sitio. El edificio ha sido tomado por la policía sin dar explicaciones a ninguno de los que están dentro. Una reflexión entre líneas que explicaría las monstruosas posibilidades de simulacro que puede desempeñar el aparato de seguridad de un estado a través de una situación cotidiana que podemos ver a diario en la televisión. Una visión que muta en los personajes y los convierte en seres perfectamente vulnerables, pues a veces la agonía resulta más efectiva que la muerte.

Un ser de hielo podría pasar de puntillas sobre el visionado de REC, la masa mortal se resiste a la indiferencia. La tensión va in crescendo, el espectador que persigue y consume cine de terror está sugestionado por el punto de giro, por esa inmediatez latente que acecha de un momento a otro. REC no te deja respirar, la primera persona, el ojo de Pablo, será tuya y no podrás hacer otra cosa que sentirte vapuleado, estremecido, aturdido y ultrajado sobre todo en una última media hora frenética: movimientos de cámara muy agresivos, pixelados, golpes, persecuciones, bocados, machetazos, gritos, arrebatos, muertes, llantos, angustia, desesperación.

El ritmo de la película se rompe con virulencia cuando el agente de misiones especiales que ha entrado en el edificio cuenta realmente las causas de la misteriosa reacción de las  personas que han sido mordidas. La escena nos lleva hasta la pequeña Jennifer, la niña de rostro angelical que se ha puesto malita de anginas. Una criatura de apariencia inofensiva que provocará el segundo punto de giro en la película. La furia que desata contra su madre, mordiéndole la cara, berreando en una asombrosa transformación, dejará al espectador completamente desvalido, inválido, desnudo en la butaca. A partir de aquí el espectador empieza a preguntarse qué demonios tiene que suceder para que alguno de los personajes de la película salve el pellejo y no se convierta en otro contagiado, aunque será en vano y el escalofrío durará hasta el último segundo. Un final, dicho sea de paso, abierto a un interpretación más o menos previsible pero que difícilmente podía terminar de otra forma. Pablo hace caso al grito desesperado de Ángela. Los dos están viendo la película de su vida: “Grábalo todo, por tu puta madre”.

La apariencia documental de REC ha hecho que se la compare con otro éxito del género, El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, 1999). Ambas películas registran los hechos en primera persona, sin embargo, la opinión de los directores de REC tiene su referente en la contundente actualidad del reality show, algo que no sucede en la película estadounidense, una historia  sobre un material encontrado acerca de unos chicos que se adentran en un bosque que encierra la leyenda de “La bruja de Blair”. Con todo lo que esto conlleva, el territorio de la simulación en la era digital ha propiciado una confusión entre los lenguajes del cine, la televisión e internet. Otra película como Cloverfield (Matt Reeves, 2008) explota inteligentemente el género de la ciencia ficción, el suspense y el metraje encontrado, aprovechándose de la explosión mediática del 11-S. Películas insertadas en una misma estrategia viral de marketing, en distintos niveles, pero con la firme idea de que básicamente son un producto de consumo masivo que se enfrenta a la dura tarea de permanecer en el tiempo.

REC, sin duda, cumple con su función: vender y sobre todo atentar contra las emociones. Los engendros posteriores, ya se sabe, no suelen tener ni la frescura ni el acierto de las primeras veces.

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