Colectivo Digital Creativo

Soy una estrella del rock

In Música, micro Críticas on 09/07/2010 at 19:52

This is Spinal Tap, Rob Reiner, 1984.

“Todo el mundo sabe que el rock alcanzó la perfección en 1974. Es un hecho científico”.

Homer Simpson

A medio camino entre la estupidez y la inteligencia, la ya mítica This is Spinal Tap (Rob Reiner, 1984) sigue provocando la misma carcajada que en su día experimentaron los seguidores de una banda cuya promoción fue extrañamente olvidada en el vademécum del hardrock, a la sombra de grandes clásicos como Deep Purple, Led Zeppelin o Black Sabbath.

Caer en el manido resumen y destripar la película no tiene mucho sentido si tenemos en cuenta la ingente cantidad de documentación y reseñas que hallamos en internet, una prueba unívoca del carácter fundacional que tiene la cinta en la breve historia del falso documental. Y es que a Rob Reiner suele atribuírsele el término anglosajón mockumentary, aunque Fernando de Felipe* explica que si bien fue Reiner quien lo usó por primera vez, los ejemplos en forma de sátira que plantea este fake pueden remontarse a un capítulo emitido en 1957 por el programa Panorama de la BBC, en el que se explica como en Suiza los espaguetis crecen en los árboles. De tal forma que esta puntualización aclara la tradicional y errónea asociación del mockumentary con algunos textos postmodernos de cabecera.

De forma abreviada, podemos decir que This Spinal Tap es una burla sobre los clichés que envuelven a las legendarias bandas de rock, sobre aquellas viejas glorias de los años sesenta y setenta parapetadas en una decadencia sublime. Todo comenzó a principios de los años ochenta cuando Marty di Bergi (Rob Rainer), un realizador de spots y documentales, descubrió al grupo en el Banana Eléctrico. Fascinado por su puntualidad y extraordinaria energía, decidió seguirlos y filmarlos en su gira por Estados Unidos. Asistimos entonces a las declaraciones, actuaciones y caprichos de David St. Hubbins (Michael McKean), voz principal y guitarra, Nigel Tufnel (Christopher Guest), guitarra y coros, y el bajista Derek Smalls (Harry Shearer), quienes  se reúnen para dar forma, voz y gestos a su particular visión de la citada escena musical. Para Rob Reiner supone su primer largo, el guión, sin embargo, lo realizan entre los protagonistas de la banda y el propio realizador. El grupo tiene también un batería y un teclista, ambos en segundo plano, el primero porque cumple la difícil tarea de salir ileso de las extrañas muertes de sus predecesores (Uno de los baterías murió en un accidente de jardinería y el otro ahogado en el vómito de otra persona) y el segundo quizá porque su filosofía de vida se reduce exclusivamente a pasarlo bien, ¿Existe alguna psicopatología más saludable? En su imprescindible Guía de campo del perfecto “mockumentalista”, el profesor y escritor Timothy Mirrorwry, elaboró los pasos que todo realizador responsable debe tener en cuenta para alcanzar el éxito en este “género de terroristas”. This is Spinal Tap tiene el honorable mérito de aparecer en el punto veinticuatro como un ejemplo magistral de los buenos resultados que el musical aporta a esta forma de jugar con el discurso satírico. En la película quedan al descubierto las manías de algunas estrellas de la música. Por ejemplo, el bueno de Nigel Tufnel le suelta un berrinche soberbio al manager cuando descubre que el pan no es lo suficientemente grande para que quepa el filete sin doblarlo. O qué decir de una de sus guitarras, intocable incluso para él mismo, un fetichista sin complejos. Lo cierto es que cada uno tiene lo suyo, desde la neurosis crónica del vocalista principal hasta la estrategia del batería de aparecer siempre entrevistado en una bañera para eludir el mal fario de la autocombustión.

Desechemos la idea de que la realidad se ha convertido en una ficción desoladora que la cámara no puede atrapar en su estado virginal. Nuestro director, Marty di Bergi, lo hace, bueno si lo hace, y además con nota si tenemos en cuenta que Spinal Tap es un grupo que cobró vida gracias a su descacharrante ficción, no sé que magia adicional podría pedírsele a la realidad de una película cuyo primer visionado nos obliga inmediatamente a echar mano de los archivos de la rockopedia. En este sentido, resulta interesante manejar ejemplos tan dispares como All you need is Cash (Eric Idle, 1978), hilarante y a todas luces denunciable, The Doors: La leyenda (Óliver Stone, 1991), sabiamente exagerada, o la brillante y medida 24 Hour Party People (Michael Winterbottom, 2002). En todas las películas citadas se hace acopio del escándalo y los excesos, un terreno farragoso y recurrente cuando se trata de contar el día a día de los músicos de este pelaje, acostumbrados a convivir con el trillado lema “sexo, drogas y rock&roll”. Sin embargo, Rob Reiner prefirió evitar lo obvio para atacar al formalismo ciego de la realidad desde la parodia que privilegia lo espectacular, lo llamativo o lo exótico de un grupo en horas bajas, sin duda, influido por una época en la que la televisión había contribuido a confundir los límites genéricos del cine. Como documento musical, la película recurre a elementos formales propios de la televisión, ya sea a través de una realización que en las actuaciones del grupo emplea la toma de vistas mediante la técnica multicámara, usada habitualmente en el musical, o realizando movimientos con cámara al hombro desde distintos ángulos.

A menudo vemos como muchos directores no sólo hablan de sí mismos en sus películas, algo ciertamente inevitable, sino que su falta de pudor los lleva incluso a grabarse reiteradamente como un actor más. Es el caso de Michael Moore y su sentido del oportunismo. Rob Reiner aparece representado por su alter ego y, dicho sea de paso, actúa bastante bien. Siendo un personaje secundario en la película, vemos como a veces se introduce hábilmente en los diálogos para escudriñar en los testimonios de sus compañeros de reparto. A propósito de los actores, Christopher Guest, además de músico y actor, es también un notable mockumentarista. Un buen ejemplo es su sorprendente Best in show (2000), que goza de un tono paródico y mucha guasa de reality show, pero también incluye una relamida crítica a esa parcela de estadounidenses que se resiste a superar la idiotez de sus estereotipos como valor esencial de la sociedad pequeño burguesa.

En definitiva, This is Spinal Tap es una película de culto no apta para ortodoxos ni tampoco para los que sacralizan a las estrellas del rock sin reconocerles su agudeza paródica como resultado del binomio fama-poder. Maldita sea la hora en la que cierto cine dejó de reírse de sí mismo y se convirtió en un espectáculo de metacrilato sin chispa. Por suerte, a Elvis siguen dándolo por desaparecido en alguna ciudad remota. Hay quien dice que lo vieron no hace mucho en Japón.

* De Felipe, Fernando en La Risa Oblicua. Tangentes, paralelismos e intersecciones entre documental y humor, Editorial Ocho y Medio y Textos Documenta, Madrid, 2009. Pág. 141.

  1. No conocía esta pieza cinematográfica, me despertó curiosidad al leer tu analisis, gracias Pedro por descubrirme cosas nuevas, lo buscare para verlo, te dejo una reseña, lo único que tienen en comun es el ROCK. (bueno tu seguro que le encuentras mas detalles)

    Metal, el viaje de un metalero .

    abrazos.

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