Colectivo Digital Creativo

Nubes a la deriva. Notas subculturales sobre situacionismo.

In Artículos, Arte on 20/05/2010 at 13:00

“No nos falta comunicación,

al contrario, tenemos demasiada.

Nos falta creación. Nos falta resistencia al presente”.

G. Deleuze. F. Guattari.

La sociedad del espectáculo se publica en 1967. Su aparición en la escena cultural de los años sesenta supone un punto de inflexión en la esfera cultural del momento. La respuesta social no se hizo esperar y un año después irrumpió el conocido Mayo del 68, una especie de interrupción en la historia en la que los estudiantes tuvieron un papel decisivo gracias a su descontento con la política y la cultura de la sociedad postindustrial. Estos acontecimientos son el resultado de un proceso de organización llevado a cabo por el movimiento situacionista a lo largo de quince años de clandestinidad en la retaguardia. Una labor en la sombra que tiene en Guy Debord y Raoul Vaneigeim a sus más destacados adalides. Sin embargo, no se puede afirmar que Mayo del 68 fuese una revolución situacionista, pues sería una imprudencia y una absoluta exageración. Allí se dieron cita marxistas-leninistas, maoístas y trotskistas, sin olvidarnos, claro está, de los policías. Pier Paolo Pasolini tuvo la valentía de ponerse a favor del cuerpo de policías. Razonó que los policías eran proletarios mal pagados y sometidos a la tiranía jerárquica, mientras los estudiantes eran “hijos de papá” en pleno alboroto hormonal. El comentario no está exento de cierta provocación. Más tarde, metidos de lleno en el siglo XXI, comprobamos como los estudiantes deambulan profundamente aletargados y, los policías, siguen siendo canes obedientes con distinto collar.

La actitud del Mayo del 68 se trasladó a otros países como Inglaterra, Estados Unidos, Chile, Japón o México, donde ocurrió la trágica matanza en Tlatelolco. El movimiento situacionista es el resultado de la confluencia de distintos grupos de arte de vanguardia, es decir, la unión de la Internacional Letrista, el Movimiento Internacional por un Bauhaus Imaginista y la Asociación Psicogeográfica de Londres, dará lugar a lo que se conoce como la Internacional Situacionista (1957-1972).

Guy Debord había absorbido el programa antiesteticista de las vanguardias históricas. Era necesario actuar frente a los dictados de la economía de la abundancia. Se hizo necesario combatir las contradicciones del período histórico que Debord había pronosticado. No está de más tildar su discurso de potente pero ciertamente incorpóreo. Si el movimiento situacionista tiene una fuerte raíz dadaísta, sus fuentes filosóficas se remontan a las tesis hegelianas, a la crítica de la ideología alemana de Feuerbach y a la influencia determinante del marxismo, particularmente de los capítulos que El capital dedica al concepto de fetichismo en la mercancía. Debord, por tanto, asume la tradición marxista de la historia y la conciencia de clase como argumentación que se opone a las leyes del capital en una sociedad dominada “por cosas suprasensibles aunque sensibles que se cumplen de modo absoluto en el espectáculo”[1]

En este sentido, Debord tomará el concepto de alienación para explicar su particular noción de espectáculo en el contexto sociopolítico que surge tras la Segunda Guerra Mundial. El capitalismo adquiere elevadísimas cotas de crecimiento gracias a la aplicación del método keynesiano y la consiguiente intervención estatal a través de medidas fiscales y monetarias. Efectivamente, la economía se recupera y con ello se produce la consolidación de la industria del ocio, así como la penetración del American way of life y la generalización de los medios de comunicación audiovisuales, posibilitando un estado de somnolencia y alienación perfectamente visibles en las clases trabajadoras, quienes asocian erróneamente el tiempo liberado del trabajo con un alarmante sentido de la libertad. Esta actitud no es sino la constatación, entonces, de la vida de las sociedades donde dominan las condiciones modernas de producción, manifestadas como una inmensa acumulación de espectáculos. De ahí que unas de las frases que más se citan de LSS sea “Todo lo que era vivido directamente se aleja en una representación”.

La Internacional Situacionista planea sobre la construcción de momentos o situaciones para la organización colectiva de un ambiente unitario y de un juego de acontecimientos. El situacionismo ejercita la negación, es decir, en el plano teórico se sustituye el concepto de representación por el de realización. Pese a la negación antisituacionista de sus propias creaciones, sus integrantes manifestaron de forma gráfica planteamientos revolucionarios en torno al arte y la arquitectura. Sus prácticas concretas nos incitan más a una reflexión que a un determinismo ideológico panfletario. Sus planteamientos no destilan una obsesión por lo que puedan ser soluciones más o menos estéticas, sino que se trata más bien de un pensamiento que logre penetrar en la sociedad. En este sentido, resultan muy conocidas las derivas situacionistas. La deriva entendida como un sistema de aproximación aleatorio a la psicogeografía. En definitiva, una invitación a perderse para actuar de manera crítica desde el entorno, aunque a la vez que se construye se hace imprescindible pasarlo bien. Un ejemplo sería andar por los subterráneos de las catacumbas prohibidas al público o introducirse de noche en los pisos de las casas en demolición. Estás acciones están directamente relacionadas con su concepción de un urbanismo unitario y planetario reflejado en New Babilon en 1971, donde Constant diseña una especie de ciudad global que se opone a las planificaciones funcionalistas del mainstream omnipotente. Los situacionistas también “popularizaron” lo que se conoció como détournement o tergiversación, que no es otra cosa que una apropiación y descontextualización creativa de una serie de elementos preexistentes creados por el capitalismo y aplicados a la escritura, el cine, el cómic, etcétera.

A estas alturas, resulta casi una obviedad explicar que los postulados situacionistas se alimentan básicamente de un espíritu vivo de subversión e insumisión, detestando la realidad como tal, en tanto persigue en ella una transformación profunda. Esta actitud libertaria, en consonancia con su raigambre dadaísta, va más allá y paga su deuda con el dadaísmo y el surrealismo desde una acertada confrontación dialéctica que critica ferozmente el juego puramente artístico de los neodadaístas y su nula intervención en otros planos vitales. Igualmente, el surrealismo se ha revelado inconsistente, un reducto de falsa libertad, es el caso de la escritura automática, que ha sido utilizada por las estructuras de poder represivas inclusive. Es conveniente recordar que los hombres son los productores de sus representaciones o realizaciones, pero hombres reales y activos, condicionados por un determinado desarrollo de sus fuerzas productivas para llegar a formas más lejanas. Si para un esquizo como Panero “la heroína es más que el ser, algo que a la vida excede”, la conciencia para un materialista de la historia no puede ser otra cosa que el ser consciente. Lo suficiente como para comprobar que el arte no puede ser autónomo, pues la ideología estética, tanto en su versión más tradicional como en la modernista, es una ideología de la vida construible.

[1] DEBORD, Guy. La sociedad del espectáculo, Pre-textos, Valencia, 1999. Tesis 36. 3

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